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Si el par igualdad-diferencia es en primer lugar un vínculo político y el par identidad-diferencia en principio una referencia filosófica, incluso ontológica, ambos remiten sin duda a la historia de lo Mismo y lo Otro. Otra manera de decir la aporía, de formularla.  ¿El pensamiento de la alteridad no será la posibilidad de reunir lo idéntico y lo diferente? La alteridad no supone un pensamiento de la diferencia. Otro no quiere decir diferente. Pensar la alteridad consiste en primer lugar en reconocer posiciones subjetivas, en subrayar que la diferencia de los sexos es potencialmente productora de sujetos marcados por la identidad sexuada. Potencialmente quiere decir, precisamente, que no hay que resolver la alternativa de que la diferencia sexual desempeñe o no un papel en la posición subjetiva en acción en el trabajo del pensamiento.

Así, pues, el sujeto es un asunto verdaderamente esencial en la relación entre los sexos. (…) Entre lo Mismo y lo Otro, la palabra alteridad permite dejar en estas condiciones la aporía de la identidad y la diferencia, y avanzar no obstante en la distinción entre el sujeto y el objeto. Aporía y alteridad son conceptos abiertos, a la vez afirmatios y programáticos, alejados de la binariedad de los pares de opuestos poco estimulantes para avanzar en el pensamiento del filosofema ["diferencia de los sexos"].

(FRAISSE, Geneviève. “Alteridades” en su: Diferencia de los sexos. Trad. de Horacio Pons. Buenos Aires, Manantial, 1996, pp. 142-143)

Pero, prescindiendo de esto, los problemas que el hombre se plantea acerca de sí mismo han alcanzado en la actualidad el máximo punto que registrala historia por nosotros conocida. En el momento en que el hombre se ha confesado que tiene menos que nunca un conocimiento riguroso de lo que es, sin que le espante ninguna respuesta posible a esta cuestión, parece haberse alojado en él un nuevo denuedo de veracidad; el denuedo de plantearse este problema esencial de un modo nuevo, sin sujeción consciente -o sólo a medias o a cuartas partes consciente- a una tradición teológica, filosófica y científica, como era usual hasta aquí; el denuedo de desenvolver una nueva forma de la conciencia y de la intuición de sí mismo,  aprovechando a la vez los ricos tesoros de saber especializado, que han labrado las distintas ciencias del hombre.

(SCHELER, Max.  “Prólogo del autor” en su: El puesto del hombre en el cosmos. Trad. de José Gaos. Buenos Aires, Losada, s.a., p. 21)