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Pero el despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo.
El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor.
Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas <<espíritu>>, un pequeño instrumento y un pequeño juguete de tu gran razón.
Dices <<yo>> y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa más grande aún, en la que tú no quieres creer, -tu cuerpo y su gran razón: esa no dice yo, pero hace yo.
(NIETZSCHE, F. “De los despreciadores del cuerpo” en su: Así habló Zaratustra. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1972, p.60)
Los otros hombres jamás son para mí puro espíritu: sólo los reconozco a través de sus miradas, sus gestos, sus palabras, en resumen a través de su cuerpo. Indudablemente, un otro dista mucho para mí de reducirse a su cuerpo, precisamente es ese cuerpo animado de todo tipo de intenciones, sujeto de muchas acciones o propósitos de los que yo me acuerdo y que contribuyen a dibujar para mí su figura moral. Pero finalmente no podría disasociar a alguien de su silueta, de su tono, de su acento.
(MERLEAU-PONTY, M. “5. El hombre visto desde afuera” en su: El mundo de la percepción; siete conferencias. Trad. de Víctor Goldstein. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 48-49)
