Começo a conhecer-me. Não existo.
Começo a conhecer-me. Não existo.
Sou o intervalo entre o que desejo ser e os outros me fizeram,
ou metade desse intervalo, porque também há vida …
Sou isso, enfim …
Apague a luz, feche a porta e deixe de ter barulhos de chinelos no corredor. Fique eu no quarto só com o grande sossego de mim mesmo.
É um universo barato.
Júpiter. – No soy tu rey, larva desvergonzada. Entonces, ¿quién te ha creado?
Orestes. – Tú. Pero no debías haberme creado libre.
Júpiter. – Te he dado la libertad para que me sirvas.
Orestes. – Es posible, pero se ha vuelto contra ti y nada podemos ninguno de los dos.
Júpiter. – ¡Por fin! Ésa es la excusa.
Orestes. – No me excuso.
Júpiter. – ¿De veras? ¿Sabes que esa libertad de la que te dices esclavo se asemeja mucho a una excusa?
Orestes. – No soy ni el amo ni el esclavo, Júpiter. ¡Soy mi libertad! Apenas me creaste, dejé de pertenecerte.
(SARTRE, Jean-Paul. “Acto tercero, escena dos” en su: Las moscas. Trad. de Aurora Bernárdez. Buenos Aires, Losada, 2001, pp. 62-63)
Si el par igualdad-diferencia es en primer lugar un vínculo político y el par identidad-diferencia en principio una referencia filosófica, incluso ontológica, ambos remiten sin duda a la historia de lo Mismo y lo Otro. Otra manera de decir la aporía, de formularla. ¿El pensamiento de la alteridad no será la posibilidad de reunir lo idéntico y lo diferente? La alteridad no supone un pensamiento de la diferencia. Otro no quiere decir diferente. Pensar la alteridad consiste en primer lugar en reconocer posiciones subjetivas, en subrayar que la diferencia de los sexos es potencialmente productora de sujetos marcados por la identidad sexuada. Potencialmente quiere decir, precisamente, que no hay que resolver la alternativa de que la diferencia sexual desempeñe o no un papel en la posición subjetiva en acción en el trabajo del pensamiento.
Así, pues, el sujeto es un asunto verdaderamente esencial en la relación entre los sexos. (…) Entre lo Mismo y lo Otro, la palabra alteridad permite dejar en estas condiciones la aporía de la identidad y la diferencia, y avanzar no obstante en la distinción entre el sujeto y el objeto. Aporía y alteridad son conceptos abiertos, a la vez afirmatios y programáticos, alejados de la binariedad de los pares de opuestos poco estimulantes para avanzar en el pensamiento del filosofema ["diferencia de los sexos"].
(FRAISSE, Geneviève. “Alteridades” en su: Diferencia de los sexos. Trad. de Horacio Pons. Buenos Aires, Manantial, 1996, pp. 142-143)
Pero, prescindiendo de esto, los problemas que el hombre se plantea acerca de sí mismo han alcanzado en la actualidad el máximo punto que registrala historia por nosotros conocida. En el momento en que el hombre se ha confesado que tiene menos que nunca un conocimiento riguroso de lo que es, sin que le espante ninguna respuesta posible a esta cuestión, parece haberse alojado en él un nuevo denuedo de veracidad; el denuedo de plantearse este problema esencial de un modo nuevo, sin sujeción consciente -o sólo a medias o a cuartas partes consciente- a una tradición teológica, filosófica y científica, como era usual hasta aquí; el denuedo de desenvolver una nueva forma de la conciencia y de la intuición de sí mismo, aprovechando a la vez los ricos tesoros de saber especializado, que han labrado las distintas ciencias del hombre.
(SCHELER, Max. “Prólogo del autor” en su: El puesto del hombre en el cosmos. Trad. de José Gaos. Buenos Aires, Losada, s.a., p. 21)
Los poderes naturales y vegetales no están subordinados en nada a la voluntad; pues, <<¿quién puede añadir un cúbito a su estatura?>>. Las pasiones podrían estarlo, pero no es así., y de ahí vienen todas mis obstinadas pasiones, violentas perturbaciones de la mente y muchas veces hábitos y costumbres viciosos, dolencias ferales; por tanto que cedemos a nuestro apetito y seguimos nuestra inclinación, como si fuéramos bestias. Los hábitos principales son dos en número: virtud y vicio, cuyas definiciones, descripciones, diferencias y clases pecualiares son tratadas ampliamente en la ética y son, de hecho, el tema de la filosofía moral.
(BURTON, Robert. “Subsección XI: De la voluntad” en su: Anatomía de la melancolía. Trad. de Agustín Pico Estrada. Buenos Aires, Winograd, 2008, p. 163)
Pero el despierto, el sapiente, dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; alma es sólo una palabra para designar algo en el cuerpo.
El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor.
Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón, hermano mío, a la que llamas <<espíritu>>, un pequeño instrumento y un pequeño juguete de tu gran razón.
Dices <<yo>> y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa más grande aún, en la que tú no quieres creer, -tu cuerpo y su gran razón: esa no dice yo, pero hace yo.
(NIETZSCHE, F. “De los despreciadores del cuerpo” en su: Así habló Zaratustra. Trad. de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1972, p.60)
Los otros hombres jamás son para mí puro espíritu: sólo los reconozco a través de sus miradas, sus gestos, sus palabras, en resumen a través de su cuerpo. Indudablemente, un otro dista mucho para mí de reducirse a su cuerpo, precisamente es ese cuerpo animado de todo tipo de intenciones, sujeto de muchas acciones o propósitos de los que yo me acuerdo y que contribuyen a dibujar para mí su figura moral. Pero finalmente no podría disasociar a alguien de su silueta, de su tono, de su acento.
(MERLEAU-PONTY, M. “5. El hombre visto desde afuera” en su: El mundo de la percepción; siete conferencias. Trad. de Víctor Goldstein. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 48-49)
La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.
(KANT, I. “Respuesta a la pregunta ‘¿Qué es la Ilustración?’” en su: Filosofía de la Historia. Trad. de Emilio Estiú. Buenos Aires. Nova, 1964.)